El dissabte 2 de maig de 1891, el diari La Vanguardia va publicar a la portada, apartat De la colaboración particular- De comarca en comarca, un monogràfic sobre San Justo Desvern.
He aquí una comarca que está bien cerca de Barcelona si sólo consideramos su distancia material, como que el pueblo propiamente dicho se reclina al pie de San Pedro Mártir; pero bien distante según lo poco frecuentado por los barceloneses, nada atentos á devolver la visita que con frecuencia nos hacen sus habitantes.
Algunas de sus casas, en avanzada, tocan á la carretera real de Madrid muy cerca de Esplugas, guardando la entrada de un camino vecinal, ni muy ancho, ni muy bien conservado para que brinde á desviarse de la corriente poderosa determinada por el comercio que a la continua sostiene Barcelona llenos de vida situados a orillas del Llobregat.
De modo que la comarca de San Justo Desvern es un á modo de un remanso exclusivamente agrícola enclavado entre Vallvidrera, Sarriá, Esplugas, San Juan Despí, San Feliu de Llobregat y Santa Creu, paradisíacamente tranquila entre vecinos bulliciosos todos, como no sea Santa Creu que en tranquilidad y por lo agreste en mucho la aventaja.
San Pedro Mártir la guarece de los vientos del Este y prolongándose en anfiteatro bien trazado formando un semicírculo hacia el Oeste, la presta un abrigo natural contra lo que llamaríamos, en poético lenguaje, el cierzo helado y en términos prosaicos, el cuadrante del Norte.
En contraposición queda abierta de par en par a las brisas del Mediterráneo que refulgente limita el horizonte en dirección opuesta, lo cual le permite recrearse en la contemplación de las tierras fértiles del bajo Llobregat de perenne verdura atisbando a la otra parte del mismo río y al pie de las montañas de Begas, San Baudilio de Llobregat y Santa Coloma de Cervelló.
Pocos años ha las vertientes de las montañas de San Pedro Mártir y Santa Cruz que constituyen la parte septentrional del término de San Justo, formaban un solo y no interrumpido bosque de pinos, robles y encinas.
Hoy de 1.418 mojadas que en totalidad mide el término municipal, sólo hay 84 yermas, unas 500 conservadas como bosque ó mejor diríamos monte bajo, pues los retamales se llevan no pequeña parte, y dudo que se encontrara en todo él, media docena de árboles que sirvieran para postes telegráficos.
La viña ocupa 432 mojadas, según reza el amillaramiento permitiendo descubrir a larga distancia cuando está despojada de sus pámpanos, un terreno en general pizarroso revelado por los apagados reflejos de su superficie herida por el sol.
Los cereales se llevan 357 mojadas de terreno arcilloso rojo interlineados en algunos de cepas y repartidos por lo común en bancales poco extensos y de ribazos bastante elevados. Los algarrobos frondosos y productivos absorben unas ocho mojadas y los olivares cubren con su triste matiz otras 21, sin rendir lo que su corpulencia promete.
Diciendo que por todos estos conceptos la riqueza imponible es de 42.239’75 pesetas habré dado una idea de lo que es la agricultura amillarada de San Justo. Digo mal: fáltame añadir de que el pueblo consta de 125 casas destinadas a viviendas, sin contar 21 casas de labranzas desperdigadas, por los contornos. El ganado destinado a cavar y a granjería figura en cifras insignificantes.
No hablemos de rendimientos porque estos ya pertenecen a la historia. El pasado invierno, con sus crudezas, ha causado daños irreparables. La cosecha de algarrobas se ha perdido a lo menos por tres años en los árboles adultos; en cuanto a los jóvenes, ha sido menester amputarlos sin piedad para concentrar su vida y esperar nuevos retoños.
La filoxera tiene invadidas todas las vides: de estas, unas privadas de sus raíces, ceden al primer tirón, restos insepultos de un cuerpo antes robusto; otras, dan sus raquíticos brotes sin que en los días del movimiento ascensional de la savia, esta, exuberante, haya brillado a la luz, por las heridas de la poda, como en tiempos más felices, las menos, gracias a la solicitud de los dueños, resistan bravamente una lucha cuyo desenlace es previsto si los tratamientos a que están sujetos no obran un milagro.
¿Como sustituir las fenecidas viñas? ¿Como suplir sus rendimientos, siendo así que constituyen la partida mas copiosa y saneada del presupuesto de ingresos?. A las primeras invasiones de la plaga, algunos propietarios plantaron en sus viñas árboles frutales de secano, tales como cerezos, ciruelos, albaricoques, etc., que en realidad pueden ser de algún producto dada la facilidad de la exportación a Francia y el inmediato mercado de Barcelona, en cuales pueden encontrar salida tan codiciados frutos; pero esto es insuficiente.
Los menos, empiezan a plantar cepas americanas y de paso permítaseme augurar mal resultado a unas riparias que no prosperaran en una tierra sobrado caliza para lo que conviene a esta variedad. Un propietario, el señor Padrosa, ha ensayado en todas sus viñas el medicamento electro vegetal del señor Nobas, aplicado en todas las heridas a la planta hechas en el momento de la poda.
Consigno esto porque, sin juzgar a priori este nuevo tratamiento cuya explicación científica o racional no sé, ensayado en tan grande escala en viñas filoxeras, la prueba ya resulte en pro, ya en contra, ha de ser decisiva.
He citado por incidencia al señor Padrosa y vale la pena que nos detengamos un instante en su heredad. Es el señor Padrosa uno de los pocos, o acaso el único propietario de alguna importancia que reside en su propia finca y gobierna por si la mayor y mejor parte de sus tierras.
Su casa solariega, situada con aquel cuidado de orientación que tanto preocupaba a nuestros abuelos; dispuesta con aquel tino para comodidad en las faenas, que solo puede dar larga experiencia; de gruesas y bien sentadas paredes remata en bóveda, a estilo monacal, tan impenetrables a los extremos del calor como del frío; espaciosa, confortable, de menaje modernizado; de enjabielgo reciente en lo exterior; sin revelar en ninguna de sus partes el estrago del tiempo con ser tan antigua, ni los efectos de la desidia, es un modelo en su genero tanto más de notar cuanto el tipo se hace más raro, ejemplo de como se puede vivir en el campo con todas las comodidades que la ciudad permite.
La explotación de las tierras es un ejemplo de nuestra agricultura clásica. No son de notar allí máquinas de última invención, que por otra parte y en general no estarían bien indicadas, pero dudo que puedan citarse viñas mas limpias y con más esmero cuidadas, campos más florecientes, árboles mejor escamondados, hortalizas más lozanas y en producción más colmadas, novedades en el cultivo más reflexivamente ensayadas, resultado afortunado del espíritu de progreso que anima a un hereu, en agricultura muy leído, guiado por la experiencia de su padre no menos cuidadoso.
Háseme dicho que el señor Padrosa, en los años normales, ha doblado siempre en rendimientos, tanto por lo que hace á la viña, como por lo que toca á los cereales, á los rendimientos por sus convecinos obtenidos. El secreto es muy sencillo: asemeja á la receta dada por un americano para hacer buen café: consiste, decía, en poner mucho y bueno.
Aquí consiste el secreto en poner mucho abono y mucho trabajo. Ya que el terreno no consiente la cría de ganado en grande escala para fabricar abono, la proximidad de Sans con sus grandes estercoleros y depósitos de letrina, permite al señor Padrosa destinar un carro á la tarea casi exclusiva de traerlos á la finca en las cantidades que las tierras admitan.
En cuanto al trabajo y á la inteligencia para aplicarlo depende de una sola cosa: la afición al oficio, el no considerar como una pena, cual hacen muchos, el tener que dedicarse al cultivó de las tierras, el pensar que la agricultura es industria más ó menos lucrativa, pero industria al fin y como tal necesitada del capital circulante necesario y de la aplicación conveniente, que la tierra nunca se muestra ingrata á quien con amor la trata.
La tierra no ciertamente, más ¿que dimos del cielo inclemente que nos azota con sus plagas y del fisco no menos inclemente que nos agobia con sus tributos? ¿No da mucho que pensar la situación creada por la filoxera, por el mildiu y otras calamidades á esta clase moral, laboriosa, esforzada que tributa todos los años, no en proporción de sus haberes, sino por los que el Estado le supone?.
En otros artículos he podido condolerme de la situación de las poblaciones rurales en comarcas olvidadas, privados de instrucción, de caminos y canales, de todo lo que puede dar la civilización, sujetas á climas crudos.
Aquí nos encontramos con una comarca, que si bien exclusivamente agrícola -por esto me he fijado en ella- goza de todas las ventajas inherentes á la proximidad de un gran centro de población, tiene un clima templado propio para los más variados cultivos: de vida un tiempo relativamente próspera: pero que ahora, después de perder una serie de cosechas por el mildiu, se encuentran destruidas en su raíz las propias cepas y ha de vivir una serie de años con déficit esperando que se repueblen las viñas por medio de las cepas americanas, mediante como es natural de un fuerte desembolso los que ya las tienen destruidas, ó que encuentren remedio los que sólo las tienen enfermas. ¿Que solución les queda?.
Que solución les ha de quedar. Los braceros abandonan la azada para buscar en otras ocupaciones un salario más pingüe y un trabajo menos fatigoso: los propietarios han ido dando casi todas sus tierras en arriendo para llevar en el pueblo ó en Barcelona una vida más regalada.
Un buen accidente de terreno cual es la cordillera que acaba en San Pedro Mártir, determina en los habitantes de uno y otro lado dos modos de vivir, de pensar diametralmente opuestos; del lado de acá, de ambiciones siempre despiertas, deseos jamás satisfechos, sobreexcitación nerviosa, vida depauperante: del lado de allá sosiego, salud corporal, ejercicio muscular, alimentación sana.
Ellos en medio de sus privaciones y de sus apuros miran Barcelona como puerto de salvación: nosotros en medio de nuestros afanes envidiamos la vida del campo. Nosotros no tenemos el valor de desprendernos de nuestros hábitos sino temporalmente; ellos por el contrario los dejan sin gran esfuerzo.¡Que será de la agricultura con este exudo paulatino de brazos, capitales ó inteligencias!”
José Zulueta